La cercanía a la costa, la orientación sur-suroeste de las parcelas cultivadas, las tierras arenosas de algunas fincas y una tradición vitivinícola que se remonta a la Edad Media e incluso a la época de la cultura castrexa han propiciado en los territorios de las comarcas de O Barbanza e Iria la producción de unos vinos con un sabor característico por su suavidad y acidez que, desde 2006, cuentan con su propia Indicación Xeográfica Protegida (IXP). El lema de A paisaxe que sabe, elegido por la Deputación da Coruña para la promoción del turismo y la gastronomía en la provincia, ilustra a la perfección la realidad de este espacio geográfico con aroma al mar y a los productos que llegan de él, pero también a los vinos con los que estos pueden maridarse.
Uno de los principales actores del mundo del vino en esta zona de Galicia, que tiene la mayor parte de su territorio en la provincia de A Coruña pero que también abarca espacios de la de Pontevedra, es José Crusat, hijo del propietario de la bodega Entre os Ríos, ubicada en el municipio de A Pobra do Caramiñal y una de las cuatro que trabajan bajo el sello de una IXP de la que también forman parte productores y distribuidores. Este apasionado del arte vitivinícola habla con pasión de la historia de Barbanza e Iria y de cómo quienes han dedicado al vino buena parte de su vida han conseguido superar las adversidades y mantener su actividad en un espacio geográfico que siempre ha mirado más hacia el mar que hacia la tierra.
«La zona de O Barbanza tiene tradición histórica de elaboración de vino. Ya en los registros históricos del cabildo de la catedral de Santiago hay constancia de que en la Edad Media existían una serie de diezmos que consistían en el pago a la Iglesia con productos como las ostras y el vino», relata Crusat, que añade que en los castros han aparecido restos de ánforas y pepitas de uva que atestiguan que el cultivo de la vid en el territorio es incluso anterior a la época medieval.
Los grandes cambios para la producción de vino en las comarcas de Barbanza e Iria, como para tantas otras cuestiones en el mundo, durante el frenético siglo XX. Tras una grave crisis que se prolongó durante los años 60 y 70 de dicho siglo, en los que se perdieron muchos cultivos y buena parte de la producción a causa de insectos parásitos como la filoxera y del hongo causante del oídio, los pocos que se mantuvieron firmes y no cesaron en su actividad vitivinícola iniciaron el proceso para dar un amparo legal y administrativo a los vinos locales.
La viticultura se empezó a recuperar por cuatro locos que aún conservaban las vides. La verdad es que la vid engancha mucho y esa gente, ya en los 90, apostó por crear algo. Al principio, intentaron que nuestro espacio se integrara en la Denominación de Origen (DO) Rías Baixas, algo que no fue posible por cuestiones políticas y administrativas, y, finalmente, por formar una asociación y por la creación de una Indicación Xeográfica Protegida (IXP), que es un paso previo a la DO», explica Crusat.

Fueron cuatro las bodegas con las que arrancó la IXP Barbanza e Iria: Entre os Ríos, Antonio Saborido, Boal de Arousa y José O Moucho. De ellas, las de José O Moucho y Antonio Saborido cerraron por falta de relevo de generacional. En la actualidad, a las dos de los inicios que mantienen su actividad se sumaron las Cazapitas y Castelum Augusti.
En cuanto a la extensión geográfica, la IXP abarca territorios de los municipios de Boiro, A Pobra do Caramiñal, Padrón, Dodro Rianxo, Ribeira, Porto do Son y Lousame, en la provincia de A Coruña, y de los de Catoira, Valga y Pontecesures, en la de Pontevedra.
Cultivo con arraigo en el territorio
Si algo tiene le actividad vitivinícola que la caracteriza es la estrecha relación que existe entre el cultivo de la vid y la producción de vino y las características territoriales y sociales. Barbanza e Iria no es una excepción a esta regla, pues la geografía de esta zona en la que confluyen el río Ulla, la península de O Barbanza y la ría de Arousa es propicia para que se desarrolle una gran variedad de uvas, tanto para la elaboración de blancos como de tintos.
«Trabajamos tanto uvas blancas como uvas tintas. De las blancas, la principal es el Albariño, pero también hay Treixadura, Godello y Loureira. Esas uvas son comunes al otro lado de la ría, aunque en nuestro caso gozan de una orientación sur-suroeste que es incluso mejor que la de muchos de los territorios de Rías Baixas porque tienen toda la luz del sol, tan necesaria para producir una uva de calidad·, precisa José Crusat, que en cuanto a las uvas de tinto menciona variedades como Caíño, Espadeiro, Mencía, Brancellao y Merenzao.
Dentro de las variedades de uva que existen en la zona, merecen mención aparte dos que podrían considerarse propias o, al menos, compartidas con unos pocos territorios más. Se trata de las Branco Lexítimo, conocida en la región como uva Raposo, y Ratiño. Como curiosidad, cabe mencionar que, aunque se conservan en la región cepas con una antigüedad de entre 150 y 200 años, la utilización de estas uvas para la elaboración de vino no fue legal hasta hace unos años (la Raposa se autorizó en 2011y la Ratiño no se reconoció oficialmente hasta 2020).
La bodega Entre os Ríos es una de las que, a día de hoy, trabajan con la variedad Raposo, mientras que la Ratiño existe, por ejemplo, en una parcela de la bodega Cazapitas que tiene una curiosa historia detrás, por haber pertenecido ese terreno ubicado en la parroquia de Seixo del municipio de Rianxo a O Peruco, el hombre que halló el llamado casco de oro de Leiro.

Las particularidades del territorio no sólo determinan el tipo de uvas que se cultivan, sino también las características de los vinos que se producen. Así lo explica el hijo del propietario de la bodega Entre os Ríos, que destaca que los blancos «son frescos con estructura y con cuerpo» y que los tintos son «más ligeros y con una marcada acidez».
«Son vinos fáciles de beber y diría que, a veces, incluso peligrosos por ese motivo. El mayor peligro está en los blancos, porque maduran muy bien y son muy frescos. Se disfrutan mucho y se beben muy fácilmente, pero luego hay que levantarse de la mesa y ponerse de pie», advierte José Crusat, que recuerda que «todo el alcohol tiene siempre un peligro» y que apela a un consumo moderado.

Sobre las comidas con las que mejor maridan sus vinos y los de las otras bodegas de la IXP, Crusat huye de normas y convencionalismos, aunque ello no le impide expresar sus preferencias. «Huyo de las cosas manidas que se dan por hechas. Para mí, un tinto de nuestra zona va muy bien con un rodaballo o con otro pescado que tenga cierta grasa, porque la frescura del vino nos va a limpiar la boca y nos va a permitir seguir comiendo de forma placentera. Lo mismo pasa con un guiso de gallo. En cuanto a los blancos, van muy bien con cualquier marisco, con las sardinas… En todo caso, la gente tiene que olvidarse de historias y beber el vino con lo que le dé la gana. No se trata de dogmas y de dar lecciones sino de hedonismo, de disfrutar», apunta el responsable de Entre os Ríos, que destaca que «el vino no debe ser algo encorsetado».
Una experiencia enoturística completa
Aunque las cuatro bodegas que forman parte de la IXP Barbanza e Iria son familiares y pequeñas, la zona en la que se ubican también ha experimentado el auge del turismo vinculado al vino, algo que no significa, ni mucho menos, que se circunscriba exclusivamente a él. Así lo explica el propio Crusat, que tiene una visión muy amplia del concepto enoturismo y que explica cómo él y su familia lo abordan en la casa rural que se ubica en los terrenos de su bodega.
«El enoturismo bien hecho ha de estar ligado al territorio. Lo que no vale y es muy aburrido es que consista sólo en ir a una bodega y participar en una cata, que son todas iguales. Eso no aporta y ya lo hace todo el mundo. Yo soy más de experiencias, de disfrutar de la zona, de que quien vaya a la bodega disfrute también en un buen restaurante o en un lugar de interés», apunta.
En ese sentido, en la casa rural de Entre os Ríos se les informa a los visitantes que llegan acerca de las actividades en las que pueden participar y de los lugares que pueden visitar. Acompañar a las mariscadoras durante una de sus jornadas de trabajo para conocer su oficio o descubrir los secretos que ocultan los restos de castros existentes en la zona son dos de las muchas experiencias que ofrece a los turistas el territorio de Barbanza e Iria.

«El enoturismo es un buen complemento y ha llegado para quedarse, pero para que funcione hay que ligar a todos los actores implicados», expone Crusat, que destaca que «lo bueno es que aquí no hay masificación y se puede personalizar más». «A quien vas a tener al lado explicándote es al propio bodeguero», señala acerca de esa cercanía con el visitante.
Cambios en el consumo
El sector del vino ha tenido que adaptarse a unas condiciones cambiantes, tanto en el mercado como en los patrones de consumo. Así, en los últimos tiempos, medidas proteccionistas como los aranceles de Estados Unidos, ya sean reales o se queden en amenazas, y unas nuevas generaciones que cada vez tienen menos cultura vitivinícola no les ponen las cosas fáciles a los productores. José Crusat, de cuya bodega salen 24.000 botellas cada año, prefiere ser optimista, aunque reconoce que cada vez es más difícil hacerse un hueco en el mercado y mantener los nichos de negocio.
«Es verdad que se ha perdido mucha cultura del vino. Antes la gente bebía vino en casa con todas las comidas. Eso se perdió. Dicho esto, la juventud sigue bebiendo, pero está condicionada por el poder adquisitivo y de ahí que surgiera el fenómeno del botellón«, analiza Crusat, que considera que para captar el interés de los potenciales consumidores de vino es fundamental que la gente de sector no peque de esnobismo y que se abandonen ciertas ideas preconcebidas.
De la producción total de la bodega Entre os Ríos, el 60% tiene como destino el mercado internacional, con Estados Unidos, Canadá, Irlanda, Inglaterra, Suecia, Países Bajos y Japón como principales países exportadores. Del 40% restante, sólo un 20% se queda en Galicia y el resto viaja a otros puntos de la geografía española.

Los restaurantes y las tiendas de gastronomía son los lugares donde pueden encontrarse la mayoría de los vinos de la IXP Barbanza e Iria. «Son los sitios en los que yo quiero que esté mi vino. Yo no quiero estar en el lineal de un supermercado, porque los supermercados van al céntimo y no les importa utilizar un determinado producto como gancho para otros. No quiero que se juegue con un producto que cuesta, que da trabajo y que es de calidad», manifiesta Crusat, que dice creer que los compañeros de su zona comparten esa misma opinión.
Producción sostenible y respeto al medio ambiente
Los productores de vino de las regiones de Barbanza e Iria son muy conscientes de la importancia de conservar y proteger el medio ambiente y eso, más allá de manidas consignas y de una simple declaración de intenciones, se plasma en el modo que tienen de trabajar. Una vez más, la bodega Entre os Ríos brinda un buen ejemplo y es que, como explica Crusat, el uso de productos como herbicidas e insecticidas se ha erradicado o limitado a un uso en circunstancias excepcionales en las que no existe otra opción.
«Sólo utilizamos lo que es necesario. Ya hace muchos años que eliminamos los herbicidas e insecticidas porque ya no hacen falta. La hierba puede cortarse y también se pueden meter unas vacas o unos caballos que se la coman y que, además, fertilicen las tierras. Entiendo el uso de herbicidas en el caso de un señor mayor al que le cueste ir a la viña y que, con dos veces que lo eche, pueda quedar tranquilo, pero en los demás no, porque el herbicida lo mata todo y deja el suelo muerto y desequilibrado», comenta Crusat que precisa que «por supuesto, si hay una plaga se tiene que tratar».

En caso de tener que atajar un problema, siempre es preferible optar, de existir varias opciones, por la que sea menos dañina para el territorio en el que crece la vid. Para las temibles polillas de racimo, por ejemplo, es mucho menos lesivo optar por esparcir feromonas que confundan a los insectos y les impidan reproducirse que hacerlo por los insecticidas. «La opción de las feromonas no va a matar a las polillas pero sí va impedir que aumenten su número. Los daños no desaparecerán de todo, pero se reducirán aniveles asumibles sin las consecuencias negativas para el medio ambiente de los insecticidas», concluye el bodeguero.


