María Manuela, enoturismo en cabañas en la Ribeira do Ulla para un proyecto en el que vino y naturaleza van de la mano

María Manuela

La herencia de una finca de una hectárea en el rural del municipio de Boqueixón es el origen de María Manuela, un proyecto que fusiona el cultivo de la vid y la producción de vino, que se concreta en sus parcelas y en su bodega, y el turismo, con nueve cabañas en pleno bosque en las que el visitante respira paz y naturaleza. Convertida en uno de los más originales exponentes del enoturismo en la provincia de A Coruña, esta empresa crece año tras año y lo hace tanto por la calidad de la uva que sale de sus tierras y la del Albariño de la Denominación de Origen Rías Baixas de su bodega como por la experiencia única que viven quienes pasan una o varias noches en sus peculiares alojamientos. El lema turístico de la Deputación da Coruña A paisaxe que sabe se concreta y se hace realidad de forma muy explícita en los terrenos de María Manuela.

Todo lo que es hoy María Manuela comenzó por el deseo de una mujer, Nieves Millán, y de su marido, Moisés Rodríguez, por hacer algo de provecho con una finca que la primera había heredado. Poco importó que ninguno de ellos tuviera experiencia alguna con el ámbito rural o con el mundo del vino, pues ambos decidieron lanzarse y probar suerte.

«María Manuela nace porque yo heredo una hectárea de una finca de cinco hectáreas. Más tarde, acabamos quedándonos con las cinco. Recuerdo que mi marido siempre le decía a mi padre que si el tuviera un terreno como ése montaría un viñedo de uva de Albariño Rías Baixas. La verdad es que no teníamos nada que ver con ese sector. Yo tenía una librería, la Librería Palacios de Santiago, y mi marido una empresa de puertas», recuerda Nieves Millán acerca del origen de su proyecto.

A partir de esa idea inicial, el crecimiento fue progresivo, hasta que, de esa plantación inicial, se llegó a lo que María Manuela es en la actualidad. Para alcanzar ese punto, fue necesario tiempo y, sobre todo, esfuerzo y mucha pasión. «Hicimos una primera plantación para vender la uva como inversión. Se trataba de poner a producir una tierra para sacarle rentabilidad. Al séptimo año, hicimos cálculos y decidimos que, si teníamos más plantaciones, amortizaríamos antes esa inversión inicial. La primera finca se encontraba junto a un monte abandonado y salvaje, así que compramos otro terreno, curiosamente también de unas cinco hectáreas, con la idea de cortar los árboles y vender la madera para después plantar vid», relata Nieves Millán, antes de explicar cuál fue el origen, un tanto fortuito, de las cabañas por las que tanto se conoce María Manuela.

«Un fin de semana, mi marido y yo descubrimos la existencia de unas cabañas en el bosque y nos dimos cuenta de que la carballeira que teníamos era un lugar perfecto para hacer algo similar, así que el lunes nos plantamos delante del maderero para decirle que no cortara más allá del punto al que ya había llegado. De ahí viene nuestro eslogan de las cabañas que salvaron los carballos, porque fue la idea de montar las cabañas lo que salvó la carballeira», explica la mujer al frente de María Manuela.

Aunque la idea era clara, para que las cabañas se construyeran hubo que superar algunas trabas burocráticas y normativas que acabaron conduciendo a que, además de los alojamientos, se creara una bodega. «No fue simple, porque se trataba de una finca rústica y en una finca rústica no se puede construir, aunque lo que se construya sean cabañas de madera, pero había un punto en la ley que decía que si hacíamos producción y transformación podíamos hacer las cabañas. En nuestro caso, hacer transformación era tener una bodega y hacer vino. Este es un proyecto en el que una cosa nos fue pidiendo la otra», comenta Nieves.

Nieves y Moisés María Manuela
Nieves Millán y su marido Moisés Rodríguez / Imagen: María Manuela Enoturismo

Las cabañas empezaron a funcionar en 2020, en tiempos de pandemia, algo que, paradójicamente, fue beneficioso para el proyecto, por buscar los turistas espacios aislados sin contacto personal con otras personas. «Eso fue fantástico para nosotros, porque estuvimos llenos durante dos años sin que quedara ninguna cabaña vacía», recuerda la propietaria de María Manuela de aquella época en la que abrieron las cabañas y en las que el turismo, poco a poco, comenzaba a levantar el vuelo tras el confinamiento.

Ya en 2022 se creó la bodega y, en 2024, se sumaron tres cabañas más, para llegar a las nueve actuales, un mirador entre viñedos y oficinas. El hecho de que llegara la bodega después de las cabañas es algo poco frecuente ya que, tal y como comenta la propia Nieves, lo más habitual es que el alojamiento arranque ya con la bodega operativa.

«Como dijo un enólogo que nos visitó, el de María Manuela es un proyecto nacido al revés, porque lo habitual en el enoturismo es que el hospedaje nazca de la bodega. Es que para nosotros, como dije antes, todo vino de que, para poder tener las cabañas, tuvimos que hacer una bodega», precisa esta mujer emprendedora.

Turismo y vino en armonía con el paisaje

Los responsables de María Manuela creen que la zona de la Ribeira do Ulla en la que se ubica su negocio tiene mucho futuro en el ámbito del enoturismo y es que, como queda bien demostrado en su caso, a la calidad de sus vinos se suman unos parajes naturales de gran belleza. Apostar por lo propio de la tierra en la que se está y por aquello que puede marcar la diferencia con respecto a otros destinos es, en opinión de Nieves Millán, la clave del éxito.

«Creo que hay que apostar por nuestra tierra y, sobre todo, por nuestro paisaje, que es lo que nos diferencia de otras zonas. Tenemos que mostrar la maravilla de naturaleza que tenemos y, por eso, nosotros apostamos siempre por la natural y en nuestro monte tendemos hacia la mínima intervención», explica Nieves, que destaca que las cabañas están en armonía con su entorno y no perturban la vista del paisaje.

«Las construcciones no destacan por encima de su entorno. Conseguir esa introducción del paisaje, que todo esté en armonía, es uno de los puntos fuertes de nuestro proyecto», precisa para después resaltar que el vino producido en la bodega de María Manuela es también «de mínima intervención».

Como ocurre con casi todos los vinos, el que sale de la bodega de María Manuela está muy condicionado por las características del territorio en el que nace la uva para producirlo. La tierra de la Ribeira do Ulla, muy mineral, y la orientación de las cepas de naciente a poniente, que hace que reciban la luz del sol durante todo el día, confieren personalidad a unos vinos que son también expresión de una forma de trabajar que prima la calidad sobre la cantidad.

cabaña bosque María Manuela
Una de las cabañas de María Manuela / Imagen: María Manuela Enoturismo

«Tenemos muy en cuenta la separación entre líneas y entre cepas y tendemos a menor cantidad y a mayor calidad. Los vinos se hacen en bodega con tiempo y con calma. Nuestro vino tendrá cada año una personalidad diferente. No vamos a igualar añadas. Cada añada va siempre a expresar cómo fue el año y, por eso, siempre va a ser distinta de las demás», apunta Nieves.

El vino que contienen las 7.500 botellas que salen cada año de la bodega de María Manuela se produce con un método que propicia que mantenga sus virtudes intactas durante mucho tiempo. Mantenerlo trece meses en lías es una de las claves para ello y también propicia que el vino tenga muchos matices aromáticos.

«Es un vino que, en botella, se puede guardar durante años. Eso lo diferencia de otros vinos blancos, que en su mayoría son jóvenes y para consumir pronto. Nosotros vamos hacia otro vino, un vino que si este año, por lo que sea, no se consume, para el siguiente tendrá un valor mayor porque va a saber mejor y va a estar más rico», explica la propietaria de María Manuela.

vino María Manuela
Botella de vino Albariño de María Manuela / Imagen: María Manuela Enoturismo

Si bien a veces resulta imprescindible usar determinados productos químicos para evitar que los cultivos se echen a perder, en María Manuela optan por los métodos naturales siempre que sea posible. «Intentamos que lo que echamos en la tierra sea lo más natural posible. La maleza que limpiamos del monte una vez al año sirve como abono de nuestras tierras de cultivo. Es cierto que la uva de Albariño no es fácil de conseguir si no se tratan los hongos que la pueden atacar, así que cuando hay que entrar con algún químico lo usamos, porque de lo contrario nos quedamos sin uva», explica Nieves, que recalca que uno de los mayores intereses de ella y de su marido es «mantener el monte autóctono tal cual, con toda su belleza».

Un remanso de paz en un bosque autóctono

La perfecta integración de las cabañas en el paisaje boscoso ofrece un espacio de paz en el que es posible relajarse mientras se perciben los olores, sonidos y estampas de la naturaleza. Alojarse en una de las casitas de madera de María Manuela es, ante todo, una experiencia de comunión con un territorio de gran riqueza que ha quedado aislado o, mejor dicho, protegido del ruido y el bullicio. Un lugar, en definitiva, para recargar las pilas con todas las comodidades.

Aunque hay en la actualidad nueve cabañas, el proyecto contempla que lleguen a ser doce. De las que existen a día de hoy, ocho son altas, elevándose tres metros sobre el suelo, y una es baja por estar adaptada para personas con movilidad reducida. Cada una de ellas se ha convertido en un elemento más del paisaje, como si siempre hubieran estado allí.

Todas las cabañas cuentan con una cama, un sofá-cama, cocina, baños amplios, chimenea y una terraza en la que se ubican una mesa de desayuno y un jacuzzi. «Eso lo tienen todas, aunque el diseño de los muebles pueda cambiar entre unas y otras. Lo que es el formato, es en todas igual», expone Nieves que, eso sí, matiza que «las últimas tienen un aire más moderno».

María Manuela cabaña interior
Vista del interior de una de las cabañas de María Manuela / Imagen: María Manuela Enoturismo

Por supuesto, además de la experiencia de alojarse en las cabañas y disfrutar de la naturaleza, los huéspedes de María Manuela tienen la oportunidad de profundizar en el conocimiento enológico y de disfrutar de los vinos de la bodega. Visitas a los viñedos y catas comentadas son dos de las actividades complementarias disponibles para que el cliente viva una experiencia enoturística completa.

Aunque en María Manuela no existe un restaurante u otro establecimiento de hostelería, los huéspedes pueden disfrutar en sus cabañas del desayuno, que está incluido, y, si lo desean, de una cesta de picnic con productos de la zona como conservas, chorizo, queso de tetilla y, como no podía ser de otra manera, su vino Albariño.

«Le ponemos mucha pasión al proyecto, lo disfrutamos mucho y eso lo transmitimos a quienes llegan. Y todo sale de una hectárea pequeña en el rural gallego. Cuando otros están jubilados, nosotros estamos en esto. Igual estamos un poco locos pero, a veces, hace falta un punto de locura para montar proyectos como éste», relata Nieves.

La fama de María Manuela traspasa fronteras y de unos inicios en los que predominaban de forma clara los huéspedes de Galicia se pasó a un tiempo actual en el que no sólo llegan muchos de otras comunidades autónomas sino también desde el extranjero. «Cada vez nos conocen más y vamos llegando a un público más amplio», informa la propietaria.

Fomento de la cultura del vino

En el sector de la enología se habla mucho de la caída en el consumo de vino, sobre todo entre los jóvenes, pero en María Manuela tienen claro que, si bien los datos están ahí, un vino de calidad siempre va a tener su público. «Tenemos que hacer vino que valga la pena, que se pueda disfrutar. Queremos que nuestros vinos se vayan expresando y acompañen desde el primero hasta el último plato porque, si un vino es bueno, el cuerpo te lo va a ir pidiendo de forma moderada», opina Nieves Millán, que cuenta que la próxima será la cuarta añada de este Albariño.

La imagen de María Manuela transmite una idea de modernidad que, a la vez, es una referencia a todo lo que hay de tradición en el sector vitivinícola y en el origen del propio proyecto, cuyo nombre nace la unión del de la madre de Nieves y del de su abuela. El logotipo de la cara con gafas y moño presenta un montón de guiños al origen del negocio y a su actividad.

logotipo María Manuela
Logotipo de María Manuela en las instalaciones de la bodega / Imagen: María Manuela Enoturismo

«Lo creo nuestra hija, Blanca Millán, que entonces estudiaba Bellas Artes. Todos los puntos hablan de nuestro proyecto. Las gafas representan a mi madre y el moño a mi abuela, aunque el moño que llevaba mi abuela no era tan alto. En vez de pelo, le puso hojas de carballos para representar nuestro monte, que es donde están las cabañas. En la parte del cuello, pintó racimos de uvas, para representar nuestras cepas, nuestro fruto y nuestras tierras. Finalmente, los labios rojos con forma de corazón representan la modernidad y la pasión», cuenta la mujer que heredó la hectárea en la que se originó todo un proyecto de enoturismo.

La cultura del vino supone también conocer todo lo que hay detrás del producto que llega a la mesa y es que, como indican desde María Manuela, «detrás de cada botella hay mucho esfuerzo». Transmitir todo eso es otro de los fines que persiguen proyectos como éste, en los que tradición y modernidad se dan la mano en busca de la calidad del producto y de la protección y conservación del territorio.

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